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Antonio Gramsci
Martes, 11 Octubre 2016
Jean-Marc Berthoud

México padece un deterioro grave de las condiciones de convivencia social y de seguridad. Aún cuando hay avances en muchos ámbitos y nuestra situación económica es estable en general, estamos como volcán a punto de estallar. Cada día, más agresiones, violencia e inseguridad. ¿Qué nos sucede?

El siguiente artículo puede ayudarnos a comprender. Quizá nuestros últimos gobiernos no han leído a Antonio Gramsci, y ahí está el problema. No han comprendido la importancia de ganarse nuestra 'mente' y la han dejado a merced de los radicales, que sí han sabido cómo apoderarse de ella.

Desde hace muchos años, México está sometido a una campaña deliberada y persistente de corte izquierdista radical, para desalentar el ánimo y para desprestigiar y minar todo fundamento de orden y autoridad. Y este discurso ha sido apoyado, en mayor o menor medida, por todo el mundo intelectual y la mayoría de los líderes de opinión.

Gramsci dice que para subvertir a una sociedad, hay que comenzar por sus intelectuales. Y lo contrario: para gobernarla, hay que contar con su apoyo; es preciso que una parte de los intelectuales comprendan cuál es la labor de un gobierno y que apoyen sus recursos para imponer orden. En México, desde hace mucho tiempo, nadie desde el gobierno, ha hecho esa tarea: acercarse a los intelectuales y procurar su apoyo. Así que andan sueltos y están a merced de los radicales -que sí conocen de memoria a Gramsci.

Sugerimos la lectura del siguiente artículo.

 

Reflexiones puntuales N° 7
Por Jean–Marc Berthold
8 de octubre, 2016.

Antonio Gramsci
23 enero 1891 − 27 abril 1937

El pensamiento de Antonio Gramsci, aunque poco conocido, indiscutiblemente ejerce una de las más importantes influencias sobre la política internacional moderna.

Gramsci nació en Ales, Cerdeña, hijo de familia pobre. Fue el cuarto de siete hijos. Su padre, funcionario menor, fue encarcelado por malversaciones. Como una consecuencia de un accidente en su infancia, se volvió jorobado.

Como estudiante brillante, recibió un apoyo para estudiar literatura en la universidad de Turín. Durante esta época (antes de la Primera Guerra Mundial) participaba en la lucha por la justicia social; se adhirió al partido socialista y comenzó una carrera de periodista político en las publicaciones de extrema izquierda. Gramsci recibió favorablemente la Revolución de Octubre en Rusia y le dio su apoyo intelectual. En 1921, con Amadeo Bordiga y Palmiro Togliatti, fundó el partido comunista italiano, del cual fue uno de sus diputados en Roma. Visitó varias veces la Unión Soviética, donde conoció de primera mano las verdaderas orientaciones del comunismo estatal. Al abrazar el pensamiento de Marx y Lenin, se fue distanciando más y más del pensamiento y de la acción revolucionaria de Stalin.

En 1926 Gramsci fue arrestado tras un atentado fallido contra Mussolini y fue condenado a veinte años de cárcel. Se pasó el resto de su vida en prisión, donde escribió en forma prolífica; produjo 32 cuadernos de reflexión política y filosófica, en unas 2,848 páginas ("Cuadernos en Prisión" 5 tomos, Gallimard, París, 1978-1992). Murió el 27 de abril de 1937 a consecuencia de tuberculosis, sólo cuatro días después de su liberación.

¿Por qué Antonio Gramsci fue un pensador tan importante?

Porque Gramsci fue el padre de lo que podría llamarse la "revolución cultural", que es cada vez más, hoy en día, la estrategia fundamental de los partidos de izquierda. ¿De qué se trata eso?

Ante la estrategia revolucionaria clásica de la dialéctica materialista, que postula la lucha de clases y la toma violenta del poder por el proletariado (es decir, por el mismo partido comunista) Gramsci propone el concepto de una nueva revolución, que sucede por una dialéctica cultural e intelectual, mediante la cual el partido debe, en primer lugar, subvertir la cultura burguesa y cristiana para hacerla desaparecer, y colocar en su lugar una nueva cultura humanista revolucionaria, cuya única norma se vuelve el movimiento irresistible de la historia. Su experiencia de la Revolución Rusa le había hecho comprender muy pronto, que la toma del poder por el partido bolchevique en octubre de 1917 no había dado por resultado la revolución tal y como la había descrito Marx (y también Lenin) sino sólo un sencillo cambio de clase. La nueva clase comunista no hacía más que ocupar el lugar de la clase dominante del régimen zarista. Con la toma del poder por Stalin y la expulsión de la Internacional Comunista representada por Trotsky, Gramsci comprendió que la revolución en Rusia se había alejado de su objetivo verdadero: crear una sociedad sin clases y a la vez lograr una reducción verdadera del poder del estado. Así, Gramsci se alejó cada vez más de la ortodoxia estalinista y fue excomulgado por sus viejos compañeros comunistas que lo consideraron un paria y un hereje.

Gramsci se dio cuenta de la importancia primordial de la cultura, de las mentalidades, del cambio en el pensamiento y la conducta que deben anteceder toda revolución comunista efectiva. Frente a la dialéctica mecánica de confrontación de fuerzas (la lucha de clases) preconizó una dialéctica cultural marcada por la táctica de penetración de las instituciones fundamentales de la sociedad burguesa (escuela, iglesia, medios, universidades, así como el ejército y el sistema judicial, para concluir finalmente con la toma del poder político), su infiltración y finalmente su subversión ideológica completa en favor de una visión totalmente inmanente, relativista e historicista del mundo. Este punto de vista rechaza, al mismo tiempo, tanto el mecanismo reduccionista y dogmático del cientifismo estaliniano, como toda noción de verdad inalterable y toda idea de trascendencia cristiana fundada sobre dogmas y leyes morales inalterables. Para Gramsci, toda revolución verdadera se debe basar en las corrientes del pasado, en la realidad cultural y también en una estrecha y constante relación del intelectual revolucionario con la vida y con las aspiraciones concretas de las clases obreras y campesinas. Rechazaba tanto el reduccionismo dogmático materialista del marxismo clásico, como toda idea sobre la posibilidad de una verdad que trascendiera el movimiento dialéctico incesante del proceso histórico, dentro del cual la revolución debería insertarse (y transformar) en forma total, para poder tener éxito. Tales posturas culturalmente sofisticadas se acercan mucho a las posturas del des-construccionismo post-moderno.

Está claro que estas opiniones, que Gramsci elaboró progresivamente en la tranquilidad y en la relativa seguridad de las cárceles de Mussolini, no podían más que suscitar horror absoluto de parte del la ortodoxia marxista-leninista. Porque para el marxismo clásico, las estructuras materiales, económicas y sociales determinan de manera científica las superestructuras culturales e ideológicas. De tal forma, la revolución viene desde abajo, por medio del cambio de las estructuras materiales de la sociedad, con un cambio económico que determinará la transformación de las superestructuras ideológicas y culturales. Gramsci invierte el caso completamente: para él, es la acción cultural e ideológica revolucionaria la que debe dar forma a los espíritus para permitir un cambio de las estructuras económicas y sociales.

Fueron necesarios los cambios operados por Khruschev, para que llegara la hora en que Gramsci pudiera sonar. En 1958, cuando Khruschev se dio cuenta de la relativa ineficacia de la lucha de clases como medio para lograr el triunfo de la revolución en el mundo capitalista, pidió a dos altos responsables de la KGB, Mironov y Chelepin, sus recomendaciones respecto a cambios estratégicos y tácticas que se podrían realizar para lograr el triunfo de la revolución en Occidente. A su debido tiempo, estos dos especialistas en métodos de desinformación proporcionaron al Politburó un informe que comprendía lo esencial del pensamiento sobre la revolución cultural de Gramsci, ésta nos valió la Primavera de Praga, el Eurocomunismo a la Italiana, el Socialismo con Rostro Humano, la Revolución Cultural, Mayo del 68, la Perestroika, el Glasnost, y todo lo demás.

Estos métodos gramscianos de penetración y subversión cultural resultaron, en otro sentido, más terribles para el mundo burgués que el conflicto de clases tradicional. Las autoridades oficiales del comunismo soviético no fueron, ni de lejos, las únicas en hacer uso del nuevo paradigma revolucionario elaborado por Gramsci dentro de las cárceles fascistas. Por ejemplo, es de nuestras propias oficinas revolucionarias [suizas] desde donde han surgido las interminables reformas escolares (eje indispensable de toda revolución cultural permanente) que han tenido lugar en Occidente desde hace décadas, y entre tantos otros sitios, en nuestro Cantón de Vaud en Suiza.

Sin embargo, como lo hemos señalado con frecuencia, estas maniobras de desestabilización política y cultural no pueden funcionar sin la colaboración aprobatoria de sus víctimas. Los elementos que han puesto en movimiento nuestros gramscianos ya estaban latentes en Occidente, minado desde hace mucho por fuerzas internas de descomposición. La infiltración subversiva no podía hacer más que acelerar el proceso que ya estaba en curso.

Concluyamos con los comentarios de un observador informado y lúcido:

La transición al socialismo no sucede, según Gramsci, ni por golpe de estado, ni por enfrentamiento directo, sino más bien mediante la subversión de los espíritus. Por lo tanto, es necesario controlar la "cultura" que integra la clave de los valores y de las ideas: en las sociedades evolucionadas, la sociedad civil juega un papel decisivo junto con el poder político, y la hegemonía "ideológica y social le proporciona, en tiempos normales, el dominio de la política y de la fuerza". Remitiéndose a Maquiavelo, bajo esta óptica Gramsci les asigna a los "intelectuales" un papel determinante: han de trabajar como termitas para minar los valores de la sociedad tradicional y capitalista.

Los intelectuales tradicionales deben ser reunidos (convertidos) o destruidos. La izquierda ha aplicado extensamente las ideas de Gramsci y se ha visto que son eficaces. Tan eficaces han sido en Europa, que los demócratas parlamentarios no han ofrecido la más mínima resistencia seria ante la subversión.

Las élites económicas y políticas, demasiado ocupadas con sus problemas cotidianos, le han dejado campo libre a una minoría de "pensadores" activistas, que han literalmente contaminado, sin hallar oposición alguna, los medios públicos, los salones, los clubes y las organizaciones donde el esnobismo, el conformismo, la superficialidad y la moda pesan más que la reflexión, el valor intelectual, el sentido común o el sentido crítico.

Numerosos periodistas, maestros y artistas de todo tipo han abrazado la ideología de izquierda. Todo aquel que resista es criticado, se le hace burla, se le ignora, se le excluye.

La modificación de las normas y de los valores en vigor en nuestras sociedades se realiza así, desde arriba y a una velocidad notable.

El contagio se ha extendido rápidamente desde los círculos que se dicen intelectuales, hacia las universidades, y luego de ahí, a la enseñanza, a la publicidad y a los medios. Antes de contaminar al conjunto del electorado.

La sociedad política y económica se encuentra frente un corto-circuito y ante un hecho consumado.

El terreno privilegiado de la reconquista pasa naturalmente por el mismo objetivo: los "intelectuales". Hace falta trabajar "por arriba" y no hacer la revolución en la calle.

Al buen entendedor, ¡salud!

Lausana, Suiza, 16 de junio, 2005.

 

Jean-Marc Berthoud
email: jmberthoud@gmail.com

Traducción: Hugo Salinas Price